miércoles, 9 de diciembre de 2015

El esfuerzo


    Hace poco, estuve leyendo un cuento del autor Jorge Bucay (el cual recomiendo fuertemente, ya que se aprende mucho con él) de su libro Déjame que te cuente... Dicha narración me llamó muchísimo la atención y además me dejó muy pensativo. De manera que he decidido escribir una reflexión sobre ello. Antes de continuar, es imprescindible conocer el planteamiento del que voy a hablar:
    
    “Antes que ninguna otra cosa es preciso desactivar una trampa que nos pusieron cuando éramos así de chiquititos. Esta trampa es una idea tan arraigada en nosotros, que forma parte de esta cultura explícita e implícitamente: «solo se valora lo que se consigue con esfuerzo». 
    Como dirían los americanos, esto es bullshit. Cualquiera puede darse cuenta de que esto no es cierto, y sin embargo, estructuramos nuestra vida como si fuera una verdad incuestionable. Hace algunos años “describí” un síndrome clínico, que aunque no está registrado en los tratados médicos ni psicológicos, ha sido padecido, o lo es todavía, por todos nosotros. Decidí llamarlo, ya vas a ver por qué: El síndrome del zapato dos números más pequeño. Te cuento...

    Un hombre entra en una zapatería, y un amable vendedor se le acerca:
— ¿En qué puedo servirle, señor?
— Quisiera un par de zapatos negros como los del escaparate.
— Cómo no, señor. A ver, a ver... el número que busca... debe ser... 41, ¿verdad?
— No, quiero un 39, por favor.
— Disculpe, señor, hace veinte años que trabajo en esto y el número suyo debe ser 41, quizás 40, pero... ¿39?
— Un 39, por favor.
— Disculpe, ¿me permite que le mida el pie?
— Mida lo que quiera, pero yo quiero un par de zapatos del treinta y nueve.
    El vendedor saca de un cajón ese extraño aparato que usan los vendedores de zapatos para medir pies y con satisfacción, proclama:
— ¿Vio? Como yo decía: ¡41!
— Dígame, ¿quién va a pagar los zapatos: usted o yo?
— Usted.
— Bien, entonces ¿me trae un 39?
    El vendedor, entre resignado y sorprendido, va a buscar el par de zapatos número 39. En el camino se da cuenta de lo que pasa: los zapatos no son para él, seguramente son para hacer un regalo.
— Señor, aquí los tiene: del treinta y nueve, y negros.
— ¿Me da un calzador?
— ¿Se los va a poner?
— Sí, claro.
— Son... ¿para usted?
— ¡Sí! ¿Me trae el calzador?
    El calzador era imprescindible para conseguir hacer entrar ese pie en ese zapato. Después de varios intentos y de ridículas posiciones, el cliente consigue meter todo el pie dentro del zapato. Entre ayes y gruñidos camina algunos pasos, con dificultad, sobre la alfombra.
— Está bien. Me los llevo.
    El vendedor siente dolor en sus propios pies de solo imaginar los dedos aplastados dentro del 39.
—¿Se los envuelvo?
— No, gracias. Los llevo puestos.
    El cliente sale del negocio y camina, como puede, las tres calles que lo separan de su trabajo. El hombre trabaja de cajero en un banco. A las cuatro de la tarde, después de haber pasado más de seis horas parado dentro de esos zapatos, su cara está desencajada, tiene los ojos enrojecidos y las lágrimas caen copiosamente. Su compañero, de la caja de al lado, lo ha estado mirando toda la tarde y está preocupado por él:
— ¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal?
— No. Son los zapatos.
— ¿Qué pasa con los zapatos?
— Me aprietan.
— ¿Qué pasó? ¿Se mojaron?
— No, son dos números más pequeños que mi pie...
— ¿De quién son?
— Míos.
— No entiendo. ¿No te duelen los pies?
— Me matan los pies.
— ¿Y entonces?
— Te explico –dice, tragando saliva—. Yo no vivo una vida de grandes satisfacciones, en realidad, en los últimos tiempos tengo muy pocos momentos agradables.
— ¿Y?
—Yo me mato con estos zapatos. Sufro terriblemente, es verdad... Pero dentro de unas horas, cuando llegue a mi casa y me los quite... ¿Te imaginas el placer?... Qué placer, Dios... ¡Qué placer!

    Parece una locura, ¿verdad? Lo es, Demián, lo es. Esta es en gran medida nuestra pauta educativa. Yo creo que mi postura es también un extremo. Sin embargo, vale la pena probarla como si fuera un traje, a ver cómo nos queda. 
    Yo creo que no hay nada verdaderamente valioso que se pueda obtener con el esfuerzo.
    
    Me fui pensando en su última frase, grosera y contundente:
«El esfuerzo, para el estreñimiento.»
    
    Esta reflexión va a centrarse en torno a la frase “No hay nada verdaderamente valioso que se pueda obtener con el esfuerzo”. A simple vista puede no parecer gran cosa, pero personalmente creo que es una idea muy complicada.
    En primer lugar, creo que debemos reflexionar sobre qué significa lo “verdaderamente valioso”. En nuestra vida cotidiana, y dependiendo de cada uno, hay ciertas cosas que valoramos más que otras, sean materiales o no. Como sociedad, valoramos nuestros estudios, nuestros conocimientos, nuestro trabajo, nuestro salario, nuestras condiciones de vida, bienestar, etc.
    En mi opinión, creo que ninguna de esas cosas son tan importantes. Sin duda, lo son para tener un nivel de vida aceptable, dada la estructura de nuestro sistema económico. Pero si consideramos el hipotético caso de que hoy fuese nuestro último día de vida (esperemos que no) y miramos hacia atrás, ¿qué es lo más importante que nos ha pasado? ¿Qué es aquello que siempre hemos querido hacer y no hemos hecho? ¿En qué emplearíamos nuestras últimas horas de vida? Las respuestas a esas preguntas son las que marcarán qué es lo realmente importante y por tanto, valioso, para cada uno de nosotros.
    En mi caso, tengo la convicción de que las cosas que merecen la pena en la vida son aquellas que no se pueden comprar. Ni siquiera son materiales, sino experiencias, sensaciones y emociones que al fin y al cabo, son las que nos hacen disfrutar.
    Una puesta de sol, un paseo por la playa de noche con la luna llena reflejada en el agua, un paisaje, unas risas con tu mejor amigo/a, un instante de ternura con tu pareja... todas esas sensaciones y emociones espontáneas, que fluyen de forma tan natural por nuestro ser en esos momentos tan efímeros y a la vez eternos, en los que parece que se para el tiempo, lo que descrito en palabras se queda corto... esa es para mí la esencia de lo verdaderamente valioso.
    Podemos estar de acuerdo en que todo lo anterior no se consigue con esfuerzo, es cierto. Surge de manera instantánea e incontrolable. Además, cada experiencia es única, ya que cada persona también lo es y experimenta de una manera diferente al resto. Sin embargo, no estoy de acuerdo con la idea que Bucay plantea en el cuento. Pienso que hay cosas muy preciadas que sí que requieren sudor. Por ejemplo, una amistad o una relación de pareja no se mantiene en el tiempo solamente sintiendo amor por la otra persona, sino con empeño día a día.
    En conclusión, opino que la idea planteada por el autor es muy poderosa, pero quizá utópicaSería ideal vivir en un mundo donde no fuese necesario esforzarse. No obstante, la buena noticia es que la mayoría de las cosas que merecen la pena en la vida no requieren esfuerzo, o al menos, no demasiado. Como diría Aristóteles, la virtud está en el término medio: ni todo lo realmente valioso se consigue con esfuerzo, ni todo lo que se consigue con esfuerzo es verdaderamente valioso.
    
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